lunes, 28 de diciembre de 2009

El poder de las plumas verdes

Dedicado a mi queridísimo Sly, que generosamente donó su idea en




Cuando Moctezuma vio desembarcar a Hernán Cortés y a sus hombres descubrió que entre ellos estaba Quetzalcóatl. Quetzalcóatl intentó pasar desapercibido, y de alguna manera pelear para liberar a los aztecas del yugo del hombre blanco. Fingió adaptarse a las nuevas costumbres: cambió el maíz por el trigo, aprendió a hablar el español, y bailó los ritmos propuestos por los conquistadores.
Pero cuando el pueblo dejó de creer en los dioses aztecas, y los españoles lograron imponer a su Dios por sobre todos los demás, Quetzalcóatl perdió sus poderes. Temió la caída del Imperio, pero sin recursos para evitarlo, se escondió en la península de Yucatán a esperar la muerte. La muerte nunca llegó, y un día Quetzalcóatl decidió regresar a Tenochtitlán. En su camino se cruzó con un hombrecito diminuto que resultó ser un hechicero.
- Oye manito, que el carnaval ya pasó - dijo el hechicero un poco atemorizado por la extraña aparición y otro poco maravillado ante el imponente collar de plumas.
- No sé quién es el carnaval.
- ¿Qué tú estás loco o qué?
- ¿No me conoces? Soy el dios Quetzalcóatl.
Después de intercambiar algunas palabras, se sintieron a gusto. Cada uno atraído por la personalidad del otro se sentaron a conversar, de cara al horizonte. Cuando el sol comenzó a caer, el hechicero encendió una fogata y de una bolsita de arpillera sacó unas runas.- Te leeré tu suerte.
- No, espera.
Quetzalcóatl se quedó pensativo, con el codo apoyado en una pierna y el mentón descansando sobre la mano. El hechicero lo observaba con los ojos bien abiertos. El fuego desdibujaba las caras, y el collar de plumas se estremecía al contacto con las chispas. De pronto se levantó un ventarrón caliente que trajo polvo, plantas rodadoras, y el aullido de los coyotes.
- Dime dónde encontrar a Moctezuma - dijo Quetzalcóatl al cabo de un rato.
El hechicero le explicó que el Imperio había sido devastado medio milenio atrás, que los españoles se llevaron el oro y dejaron enfermedades, y que las serpientes emplumadas no eran más que una leyenda. De Moctezuma sólo quedaba su penacho, y estaba en una ciudad lejana llamada Viena. Quetzalcóatl sintió que debía recuperar el honor de su tierra. Si el penacho era el último vestigio del Imperio, debía devolverlo a su pueblo.
- Puedo cruzar el mar a nado, pero ¿cómo haré para atravesar cordilleras, glaciares, y bosques?
- Tú tienes el coraje - dijo el hechicero - lo lograrás.
Quetzalcóatl miró a su alrededor. Era una noche clara, el cielo estaba estrellado y la luna llena lo iluminaba todo. Una brisa fresca traía el perfume del mar ondulado. Recordó los galeones, los hombres de cascos de plata, y pensó en las amenazas que lo esperaban en su travesía.
- ¿Cómo podré huir con el penacho sin que me atrapen?
- Volarás.
- Pero si no tengo alas - respondió encogiendo los hombros y con la cabeza gacha.
- Las aves no vuelan porque tienen alas, sino porque tienen plumas - respondió el hechicero.
Quetzalcóatl agitó su cuerpo suavemente hasta que comenzó a elevarse. Sonrió como un niño con juguete nuevo. Se dejó caer, y volvió a agitarse, una y otra vez, maravillado por la sensación que le provocaba el estar suspendido en el aire. De pronto su expresión se oscureció.
- Pero aunque pueda volar hasta tan lejos, no tendré fuerzas para cargar con el penacho - se lamentó.
- Le enseñarás a volar.
Quetzalcóatl se despidió del hechicero con un fuerte apretón de manos. Poco a poco se alejó del suelo, hasta que su silueta eclipsó a la luna, que por unos minutos pareció un camafeo detenido en el espacio. El hechicero lo siguió con la mirada, con los ojos brillando de emoción, hasta que Quetzalcóatl se perdió en la noche.


viernes, 25 de diciembre de 2009

El vestido que no fue




Iba a ser un vestido de novia, de moireé color champagne. El molde estaba hilvanado sobre la tela. La modista lo estiró suavemente sobre la mesa de trabajo, respiró hondo, y dio el primer corte. Apenas la tijera mordió el orillo, la tela se estremeció y lanzó un quejido. La modista se incorporó de un salto. Sus manos se descontrolaron y la tijera planeó por la habitación hasta que se clavó en un almohadón. La modista miró a su alrederor. Con tanto calor y tanto cansancio era fácil que la imaginación volara. Las telas no se estremecen. Seguramente el quejido había venido de la calle. Fue a la cocina, bebió un vaso de agua fresca y regresó al taller.
La tela había caído al suelo y con movimientos de
ameba se desplazaba hacia la puerta. La modista la recogió, la sacudió un poco, y la acomodó sobre la mesa. Mientras estiraba el brazo para tomar la tijera escuchó una voz que le decía: por favor no me lastimes. Se secó el sudor de la frente, apoyó la tijera de canto sobre la mesa, y de un sólo movimiento dio un corte certero. De la herida abierta brotó un hilo de sangre, que pronto fue un charco. Aunque no sentía dolor alguno, la modista pensó que se habría lastimado, y corrió a lavarse las manos. Pero su piel no tenía un sólo rasguño. Regresó al taller resuelta a seguir con su trabajo, con la esperanza de que todo estuviera en orden y con el temor de que fuera un caos.
La mesa era una madeja deshilachada roja y espesa, que latía y bombeaba como un corazón desgarrado. Las gotas de sangre caían por l
os bordes y se estrellaban contra el suelo. La modista intentó rescatar la tela, que no era más que una masa venosa y sanguinolenta. La llevó a la pileta y la retorció, pero en lugar de escurrirse, el flujo se hizo más intenso. Con las manos rígidas, el pecho a punto de estallar, y los ojos desorbitados, se alejó poco a poco de la pileta, caminando hacia atrás, si perder de vista la masa informe que se retorcía con contracciones de parturienta.
De pronto, de entre el torrente emergió una
parejita de novios de mazapán, de torta de casamiento. Enseguida apareció otra parejita, y otra, y otra más, hasta que el piso quedó plagado de parejitas rígidas manchadas de sangre, que se desplazaban en cualquier dirección, mecánicamente. Las novias cantaban la marcha nupcial de Mendelssohn, los novios la de Wagner. La modista siguió retrocediendo hasta quedar acorralada en un rincón. Los muñequitos treparon por su cuerpo como cucarachas mientras repetían una y otra vez: ella no debe casarse.
Cuando la encontraron, la modista llevaba varios días muerta. Estaba envuelta en la tela de la novia. Tenía las tijeras clavadas en l
os ojos, que lloraban sangre.




sábado, 19 de diciembre de 2009

Persuasión


Ella dio un portazo. Le dijo que estaba harta de verlo siempre sentado en el sillón. Enumeró los sueños que jamás concretarían. Lo menospreció por su educación básica y su trabajo rutinario. Lo hizo responsable de las frustraciones de los dos. Le reprochó no haber tenido vacaciones en siete años. Lo acusó de ignorarla de día y de fastidiarla mientras dormía. Le exigió que no hiciera ruido de noche, y que no volviera a dejar las luces encendidas hasta el amanecer. Lo culpó por la muerte del bebé. Le ordenó que juntara sus cosas y se fuera.
El bajó los pies de la mesa ratona, apagó la televisión, y se dio vuelta para mirarla fijo a los ojos. Le recordó que antes de casarse, ella sabía cómo serían las cosas. Le retrucó que era mejor tener un trabajo rutinario y no salir de vacaciones, a cagar más arriba de lo que da el culo. La calificó de "basura" por mencionar la muerte del bebé sólo para ganar una discusión. Le pidió que no volviera a molestarlo con estupideces. Le sugirió que si lo que necesitaba era silencio y oscuridad fuera al cementerio.
Y ella se puso su mejor vestido, se recogió el pelo, se pintó los labios, y sin siquiera decirle adiós, salió de la casa. Y no se detuvo hasta llegar a las vías. Y cuando la barrera estuvo baja, se sentó en los durmientes, y esperó.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Confusión

Estaba yo en Londres en viaje de placer, cuando al entrar en mi habitación advertí que en la bañadera yacían los cadáveres de unas cucarachitas bebés. Corrí escaleras abajo e intenté sentar precedente en la recepción, y hete aquí el malentendido que nos ataña:
Yo no sabía decir “cucaracha” en inglés, y el conserje, con un marcado acento alemán, no pudo entenderme.
- Buenas tardes - dije arrimándome al mostrador, - hay un insecto en mi habitación.
- ¿Cómo que hay un insecto? ¿Está segura?
- Sí, acabo de verlo. No sé como decirle, no sé como se dice en inglés. Una araña no es.
- ¿Entró cuando Usted abrió la puerta o ya estaba adentro? - preguntó con expresión tensa.
- ¿Qué? - no tardé en darme cuenta de que no me entendía - No, no. Es un insecto. Lo encontré ahora.
- ¿Pero entró con Usted? - insistió.
- No, ya estaba adentro.
- ¿Y escapó?
- No, está en la bañadera.
El hombre gesticulaba con las manos y se lo notaba agitado. - ¿Cómo que está en la bañadera?
- Sí, no sé... cuando me fui no estaba. Debe haber salido ahora.
- ¿Y cómo es? - preguntó.
- Ya le dije, es un insecto. Es negro, brillante, y mucho más grande que una araña.
- ¿Pero Usted lo conoce?
- No… Mire, en realidad son varios. Deben haber salido por la cañería - respondí mientras pensaba en volver a la habitación para abrir la canilla y olvidarme de todo.
- ¿Cómo que son varios? ¿Pero cuánto hace que están ahí?
- Ya se lo dije, cuando me fui no estaban. Deben haber salido cuando fumigaron – respondí, y con la certeza de que el hombre se pondría aún más nervioso agregué - no se preocupe, total están muertos.
- ¿Muertos? - exclamó con cara de horror. - ¿Cómo que están muertos? ¡Voy a llamar a la policía!
Aunque nunca terminó de entender de qué le hablaba, logré disuadirlo y colgó el teléfono. Al menos tuvo la delicadeza de mandar a alguien a chequear la habitación.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Pasajera





Vio un letrero. Una letra E. Un auto que salía de un estacionamiento. Un auto que la atropellaba. Pensó en Estrellita, su amiguita que murió de leucemia pocos días antes de tomar la comunión. Pobre Estrellita. Estaba todo preparado para la fiesta. Sólo faltaban las guirnaldas amarillas y blancas. Pero no hubo guirnaldas; sólo crespones color obispo. Y el vestido de Estrellita, el mismo con que hicieron la mortaja. Y el Rosario de Estrellita, el mismo que tenía enredado entre los dedos cuando la velaron. Del estacionamiento a la estación. A Saint Lazare. A Paris. A Paris en tren. Sí, el tren y las trenzas. Las trenzas de Estrellita. Las trenzas de Estrellita saltando a la soga. Las trenzas de Estrellita volando de la Tierra al Cielo. Y ahora ella de un salto a Saint Lazare. Y Estrellita en el andén. Estrellita que se abre paso entre la multitud. Y el aura de Estrellita que ilumina la estación. Ella la llama. Pero Estrellita no se detiene. Sólo de vez en cuando se da vuelta para ver si ella la sigue. Y ella la sigue. Ella quiere saber a dónde la lleva Estrellita. Y llegan a la Plaza de la Estrella. Al Arco del Triunfo. Estrellita ya está del otro lado, abre sus brazos, y espera. Bajo el arco, el presente sólo dura unos pasos. Tendrá que apurarse si no quiere llegar tarde.



lunes, 16 de noviembre de 2009

Sinfonía corporal








I - Andante con moto

un llamado
una voz
un cosquilleo
una invitación
la espera

preparativos
expectativas
baño de inmersión
sales perfumadas
Vivaldi
shampoo de rosas
jabón de verbena
exfoliantes



II - Allegretto

aceites
cremas
polvo de fécula
perfume
mucha piel
ningún pelo

una bombacha de encaje
un corpiño rojo desesperación, no
blanco pureza, tampoco
negro básico, menos

un conjunto de tul color uva
un sahumerio
especias
una olla
borboteos


III - Andante un poco maestoso

un vestido adherente
no jean, remera, casual
no
zapato taco fetichista
no
chatitas
no
ojotas
no



IV - Allegro molto ed agitato

timbre

la ropa que esté más a mano

más perfume



V - Adagio

hola
un beso en la mejilla
un cosquilleo
dos sonrisas


VI - Andante moderato

miradas
velas de vainilla
luz cálida
una copa de vino
poca comida
mucha conversación


VII - Lento ma non troppo

un sillón
una botella
burbujas
más miradas
más cosquilleos
música tranquila


VIII - Scherzo

las manos que quieren escaparse
un abrazo bailado
unchained Bono


IX - Allegretto grazioso

la emoción en el pecho
la inquietud entre las piernas
piel que arde
saliva que refresca
bocas que se encuentran
el primer beso
la primera caricia
lenguas que se buscan


X - Andantino con variazioni

piel
manos de piel
manos y contornos
respiración densa
cierres botones


XI - Allegro vivace

un boxer
la suavidad de la tela
la rigidez tras la suavidad
una mano que busca


XII - Allegro con brio

la tibieza
el calor
el fuego
un escote que estalla
un corpiño que estalla


XIII - Allegro con fuoco

una boca que encuentra
una boca que lame
que muerde
que succiona


XIV - Presto agitato

más caricias
más abrazos
más besos
piernas enredadas
brazos desatados
una hoguera
una fuente

una explosión

el origen del mundo



sábado, 31 de octubre de 2009

Marumba


Marumba era una leyenda local. Nuestros padres decían que era un monstruo que se llevaba a los chicos que se portaban mal. Nos aterraba tanto la idea de que viniera a buscarnos que no nos alcanzó con ser obedientes y responsables; tuvimos que inventar un juego. Nos juntábamos en una esquina, o en una plaza. Nunca éramos menos de cuatro; a veces se armaba un grupo de diez o de doce. Nos poníamos en ronda, tomados de las manos, hombro con hombro, los ojos clavados en los pies, y recitábamos un rezo que siempre terminaba en alarido:
Macumba be-be
Macumba be-be
Mandinga tocó la marimba
y Marumba salió de la tumba
Si nuestra invocación era efectiva, Marumba vendría a buscarnos y nos llevaría. Ni siquiera nos importaba a dónde o con quién; sólo pensábamos en huir. Al grito de “Marumba” rompíamos la ronda y corríamos a escondernos.
Los ancianos decían que Marumba existió. Era una niña mulata que vivía en casa de una familia acomodada. Alta, esbelta, con su sonrisa blanca y sus ojos negros, no le faltaban pretendientes. Con la aprobación de sus amos iba a casarse el día que cumpliera trece años. Vestida de novia era demasiado bella para ser de este mundo. Inexplicablemente murió el día de la boda, y la enterraron en el cementerio de los esclavos. Esa misma noche la tierra tembló y los vecinos vieron pasar a Marumba por las puertas de sus casas. Iba descalza, con un andar pesado y con los ojos en blanco, como si la llevara un demonio. Su piel chocolate se había puesto azul y estaba sucia de tierra, su cabello revuelto se enredaba en las flores marchitas del tocado, y el vestido no era más que jirones.
Para nosotros Marumba era lo más parecido a la muerte: nos acechaba hasta cuando dormíamos pero queríamos conocerla para contarles a nuestros amigos como era. Nunca la vimos, ni conocimos a nadie que pudiera dar fe de sus apariciones. Poco a poco su presencia se fue diluyendo. Cuanto más crecíamos menos jugábamos a Marumba. Tal vez le habíamos perdido el miedo, tal vez dejamos de creer en su existencia. Nunca hablamos de eso; simplemente un día dejó de estar entre nosotros. Habíamos llegado a esa edad en que nos enamoramos de nuestro vecino y sentimos cosquillas en la panza al verlo pasar. En esos días nuestros padres se dieron cuenta de que debíamos saber la verdad. Dijeron que Marumba había sido inventada después de la Asamblea de 1813 para atemorizar a la servidumbre: Los hijos de esclavos serían libres pero nunca tendrían los mismos derechos que los criollos; cualquier negro, mulato o mestizo que quisiera entablar amistad con un blanco sería castigado. El argumento de nuestros padres era sólido, y aunque íntimamente sabíamos que era cierto, decidimos ignorarlo.
Primero había sido el miedo, luego la indiferencia, y ahora casi nos habíamos obsesionado con Marumba. Estábamos por ingresar al Liceo y nuestra amistad se había convertido en un rompecabezas a punto de desarmarse. Pronto faltarían piezas, y sólo la magia de Marumba nos mantendría unidos. Comenzamos a encontrarnos a la hora de la siesta en el jardín de la parroquia, donde se decía había estado el cementerio de los esclavos. Llevábamos una copa, y papelitos con letras y números. Sobre un mantel a cuadros armábamos "el pic-nic fantasma", y hacíamos el juego de la copa. Cada vez que aparecía un espíritu nuestros corazones se agitaban y de los ojos nos salían estrellitas. Conocimos a un ladrón de ganado, a un revolucionario que había muerto en la guillotina, a una mujer que venía en un galeón que se hundió en el Río de la Plata, y a muchos más; pero Marumba nunca apareció.
Un día de mucho calor, estábamos en el patio de la parroquia y de golpe se desató una tormenta. Una ráfaga se llevó nuestros papelitos. Todavía tengo vivo el recuerdo de nuestras manos abriéndose y cerrándose intentando atraparlos como si fueran mosquitos. Un rayo cayó, y el horizonte se estremeció como un animal herido. En ese mismo instante la copa estalló. El viento trajo el candombe que sonaba del otro lado del río. Los tambores pronunciaron el nombre de Marumba. Lo repitieron como un eco que iba y venía a merced del viento. Nos quedamos quietos, tal vez expectantes, tal vez paralizados por el miedo. Tal vez sólo yo me quedé inmóvil, mientras los demás corrían a guarecerse de una lluvia de granizo que nos dispersó.
Tardamos unos días en volver a reunirnos. No hablamos de lo que pasó, ni volvimos a hacer el juego de la copa. Faltaba poco para que terminaran las clases, y cada uno seguiría su camino. Sabíamos que por más que nos esforzáramos en conservar nuestra amistad, las cosas cambiarían. Pronto Marumba sería el único nexo entre muchos de nosotros. Antes de separarnos hicimos un pacto, y lo cumplimos a rajatabla: Hoy, cuando necesitamos de un amigo, pensamos en Marumba, pero ya no con miedo. Simplemente cerramos los ojos y repetimos su nombre una y otra vez, como si fuera un mantra, hasta sentir que estamos todos juntos de nuevo.


miércoles, 28 de octubre de 2009

El nacimiento








Río Tigre
pelaje de plata
ruge su embate
en el Delta

Palo borracho
flores de vino
follaje que embriaga
a las luciérnagas

Agua que trepa
isla que bebe
y que flota

Calor
botes
luna
mate

Un hombre solo
un hombre triste

Un árbol amigo
árbol muerte

Una serpiente lo anida
y se anuda en el cuello
y se ajusta en el cuello

Nudo corredizo
cuello estático
muerte de pie

Llora el ahorcado
lágrimas de ópalo
Su llanto es permeable
fértil

Nace la mandrágora



martes, 20 de octubre de 2009

Osiris







Gato negro
ojos de oro
anillos de luz
en la noche


Gato chocolate

brillante y tibio
rasguña pentagramas
en el aire

Gato café
piel de humo
uñas de nácar
colmillos de luna

Gato basalto
porte de esfinge
zarpazos de lluvia
maullidos de color

Gato canción
ronroneo de timbales

bigotes de cuerda
rugidos de viento

Gato noche

ojos de luz
anillos de oro
amor eterno





domingo, 18 de octubre de 2009

Detrás de la puerta








Un jardín con flores de rubí
y pasto de esmeraldas
Pájaros de todos colores
Un arco iris de olores

Gatos
Mis gatos

Una canoa de hielo
Un lago de piedra
Grietas en la nieve
Musgo en los tejados

Una biblioteca secreta
Un espejo
Mis fantasmas
Libros prohibidos
Un misterio místico
Mi histeria

Religión
Circuncisión
Inmolación
Inquisición

Una mazmorra
Una torre en llamas
Torquemada

Una picota
Máscaras infamantes
Una hoguera que grita
Humo de herejes
Lágrimas de fuego

El Golem
Nosferatu
Quasimodo
Una catedral gótica
Una guillotina
Gárgolas decapitadas

Cabezas sumergidas en baldes de mierda

Y los monstruos
Los hornos
Los alambres de púa

Impotencia

Desamparo
Injusticia
Presos políticos
Desaparecidos
Hambre

Discriminación
Feudos

Montañas de frío
Cuevas de agua
Un troglodita
Un túnel
No poder volver atrás
El miedo a avanzar

La agonía

La luz
El olvido
La muerte

Profundidades ignotas
Un reloj de arena
Un viaje submarino
Un galeón
Monedas de oro
Un naufragio
La oscuridad

El ahogo

El frío

La muerte
después de la muerte


domingo, 27 de septiembre de 2009

Amor maternal








Beatriz, levantate que se enfría la leche. Ya calenté el baño y te dejé una toalla limpia. Dale que hay que sacar al Negrito, sino va a ensuciar el patio. Vos lo querés mucho, pero cuando hace caca en cualquier lado, la que junta los soretes soy yo. Beatriz, ¿qué hacés ahí tirada? Siempre perdiendo el tiempo con esa televisión. ¿Hasta qué hora te quedaste? Te dije que la abuela quiere que la acompañemos al cementerio. Le dije que a las once la íbamos a buscar. Yo te lo avisé anoche, pero vos nunca escuchás. Ahora hay que levantarse. Si tenés sueño, jodete; lo hubieras pensado antes. Mirá esos zapatos todos llenos de barro. ¿Donde te ensuciaste así? Qué estúpida que soy. Ya sé por qué estás tan cansada... Otra vez te fuiste por ahí. Parece que no podés vivir sin un pantalón. Dale, movete. Te estoy hablando. ¿No me escuchás? Sos igual a tu padre: chupan y después no los despierta ni Cristo. Mirate cómo estás, toda roñosa. Mirá lo que es esa sábana. Andá a ponerte un Modess. Hasta el pasillo manchaste. Ni siquiera sos capaz de sacarte la ropa antes de meterte en la cama. Sos una tilinga. ¿A dónde te estuviste revolcando esta vez? Asquerosa. En el barrio todo el mundo habla de vos y de esa María Marta. Dicen que son dos atorrantitas. Siempre haciéndonos pasar vergüenza. Sos una desgracia humana. Te tendría que haber puesto pupila. Al final uno no sé para que tiene hijos.
Tengo que ir al mercado. Por si no te diste cuenta, la heladera está vacía. Qué te vas a dar cuenta vos, si no abrís la heladera ni cuando tenés hambre. Vaga. Yo me deslomo para que esté todo limpio, todo ordenado. Pero claro, a vos qué te importa. A vos no te importa nada de nadie. Vos pensás en vos nomás. Total, los demás que se jodan. Vos te acordás de que tenés padres cuando querés plata. Ahí vas a buscar a Paganini. Si no ni nos hablás. Ni nos mirás. ¿Todavía estás ahí tirada? Mejor que cuando vuelva estés levantada. Y ya vas a ver cuando venga tu padre. Esta vez le voy a contar todo.


Me imagino que ya te habrás bañado. En el mercado me encontré con la tía de esa María Marta. Me contó lo que pasó anoche. Dice que estaban asustadas, que las golpearon, y que estabas tan mal que esa María Marta te tuvo que acompañar hasta casa. Y como yo ya me había tomado la pastilla, no escuché nada. Te dije que la estación es peligrosa. Te lo dije: un día vas a terminar tirara en un zanjón. ¿Me estás escuchando? ¿Qué hacés todavía acostada? Vamos, levantate. La culpa la tengo yo, por haberte dado tanta soguita. Vos nunca fuiste responsable. ¿Y ahora? Mejor que no estés embarazada porque el aborto te lo voy a hacer yo, desgraciada. Siempre poniéndonos en boca de todos. Yo no te eduqué para esto. Pero vos nunca hiciste caso. ¡Sos una puta! ¡Qué vergüenza! ¿Así que eran cinco? ¿Estás contenta ahora? ¿Les gusta que se las pasen todos? Sí, les gusta porque son unas putas. Así que te pegaron en la cabeza. Y bueno, jodete. Primero andan con uno y con otro, se meten en cualquier lado, y encima después ellas son las víctimas. En mi época las chicas éramos serias, y a ninguna le pasó nada. Todas nos casamos bien. Pero las de ahora son unas putas. Yo no pienso acompañarte al médico. Así como sos grande para andar abriendo las piernas por ahí, sos grande para ir al médico sola. ¿Me estás escuchando? Vamos, levantate o te voy a llevar al baño de los pelos. Sos una cataplasma. Vamos, movete. Ahora vas a ver. Estás helada. Anda a darte un baño caliente. Vamos Beatriz, reaccioná. Tenés que despertarte. No me hagas enojar. Mirá que cuando llegue tu padre le voy a contar todo. Vamos, Beatriz. Mirá que te voy a abrir los ojos a cachetadas. Bueno. Te vas a levantar, por las buenas o por las malas. Mirá cómo tenés esa cabeza. Mirá lo que es esa almohada. ¿No te das cuenta de que estás acostada en un charco de sangre? Beatriz, hablame. Abrí los ojos Beatriz. Tenés que respirar, si no te vas a morir.





lunes, 21 de septiembre de 2009

El Angelus










Esa mañana Manolo se quedó dormido. Lo despertaron las campanas de la iglesia. Se sentía cansado, y aunque a esa hora siempre estaba levantado, decidió quedarse en la cama un rato más. Después de desperezarse varias veces, y entre algunos bostezos, encendió un farol y fue a la cocina. Miró por la ventana. La luna todavía estaba alta. El reloj marcaba la una y diez. Odiaba los relojes. Decía que uno debía guiarse por la posición del sol. Lo cierto es que a duras penas sabía leer la hora, pero conservaba el reloj porque era un regalo de su sobrina de Madrid. Se sirvió una copita de aguardiente y la acompañó con un poco de chocolate. Luego tomó un puñado de cenizas y se frotó los dientes. Se lavó la cara, se puso un abrigo y bajó a limpiar la cuadra. Las gallinas estaban apelmazadas como pompones, las vacas echadas sobre las parvas de heno, y las ovejas eran una masa de lana. Despertó a los animales con gritos, aplausos y empujones. Juntó el estiércol, tiró unos baldes de agua, y les arrojó un puñado de centeno a las gallinas. Entre mugidos y aleteos fueron poniendo los huevos, y Manolo regresó a la cocina a buscar una canasta. Al pasar junto al reloj vio que eran las dos y veinte. Se rascó la cabeza. El reloj funcionaba, pero mal. Lo estrelló contra el suelo, y con una piedra lo machacó hasta desintegrarlo.
La luna era una moneda de nácar bordada en un cielo de terciopelo. Manolo fue a la montaña para abrir el paso al agua de riego. Era una noche templada, y se animó a trepar hasta el manantial. El sonido del agua y el perfume a tierra mojada lo invitaron a recostarse bajo un castaño. Se quedó así un rato, escuchando el canto de los gallos. Pensó que el sol ya tendría que haber salido. Miró al horizonte. Desde lo alto de la montaña había una amplia perspectiva del valle. Las casas de piedra resplandecían bajo la luz de la luna y en la iglesia el campanario se balanceaba como agitado por un fantasma. El tiempo parecía no transcurrir. Un caballo relinchó a lo lejos. Su galope se acercó por los matorrales y se detuvo a escasos metros del castaño. Manolo se levantó y alzó el farol. No tardó en reconocer la montura de Don Silverio de Chao das Donas. El caballo corría en círculos y amenazaba con sus saltos. Inesperadamente relinchó y se perdió en la espesura del monte. Manolo quedó perturbado. Se acercó al agua y se enjuagó la cara. Buscando rastros del caballo miró a su alrededor. La luna seguía en el mismo lugar, como un alfiler de perla clavado en la corbata de la noche. Preocupado por el caballo bajó hasta la casa de Don Silverio, que estaba del otro lado de la montaña.
A medida que se acercaba a la casa se cruzó con vacas, con gallinas, y con ropas desperdigadas por el suelo. Las puertas estaban abiertas. Llamó, pero nadie respondió. Entró a la casa. Estaba vacía y desordenada. Se rascó la cabeza. Poseído por la incertidumbre vagó por el pueblo buscando a alguien que pudiera explicarle lo que estaba sucediendo. Pero las casas estaban vacías, y los caminos desiertos. Montó un burro y se dirigió hacia O Bolo. Una multitud se aglomeraba en la Plaza del Ayuntamiento. La torre del Reloj había sido bombardeada. Todavía se sentía en el ambiente el olor a pólvora, y la brisa arrastraba una nube de humo y tierra. La Guardia Civil no daba abasto a rescatar a los heridos que habían quedado atrapados bajo los escombros. Se oían gritos, llantos, y sirenas. Una hilera irregular de cabezas se perdía a lo lejos, en dirección al Camino de Santiago. Manolo se encontró con Don Silverio, que le explicó algo que el cura había anticipado en las últimas misas: Tal como los astrónomos advirtieron, la Tierra había dejado de girar. Desde entonces en Galicia sería noche perpetua, y tarde o temprano sus habitantes morirían. El plan era trasladar a la gente en trenes hasta el puerto más cercano, y desde ahí llevarlos a un lugar con sol. Manolo pensó en su casa, en sus animales, en su sobrina de Madrid, y se rascó la cabeza.
Cuando llegaron al puerto el paisaje era desolador. La fila para ingresar a la Oficina de Migración se extendía a lo largo de la rambla. Los hombres pasaban de a uno, y la espera parecía no tener fin. Desde ahí se podía observar un barco cargado de cadáveres que se internaba en el mar, arrojaba los cuerpos al agua, y regresaba al amarradero para cargar otra tanda. Se buscaba una explicación a la proliferación de cadáveres. Se decía que los muertos eran víctimas de una peste, que la Guardia Civil los ejecutaba con ampollas letales, y que los cuerpos pertenecían a suicidas en masa. Se rumoreaba que del lado del Sol no habría lugar para todos, que no darían abasto a evacuar a todas las personas, y que muchos ni siquiera llegarían a los puertos. Manolo tenía ganas de ir al baño, pero no quiso salirse de la fila por miedo a perder el lugar. Después de una larga espera le tocó el turno. Lo primero que vio fue una foto del Generalísimo. Dos agentes de la Guardia Civil lo llevaron detrás de un biombo. Habían improvisado un gabinete que sólo tenía una camilla, unos estantes con remedios, y dos sillas. Había un médico y un cura. El médico anotó en un cuaderno: Manuel Pérez Iglesias. Lo ayudaron a acostarse en la camilla. El cura lo ungió con la señal de la cruz. El médico le puso una ampolla en la boca. Manolo conocía la extremaunción, pero no entendía qué estaba sucediendo. Tuvo miedo, y mojó los pantalones. El cura le explicó que había diferentes maneras de comulgar. Manolo se rascó la cabeza, cerró los ojos, y mordió la ampolla.

martes, 15 de septiembre de 2009

Caníbal rompe cadenas perpetuas y encuentra el eslabón perdido









¿Existe peor condena que vivir atrapado en el propio delirio?
Rotemburgo, un lugar tan perfecto que logró escapar a los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Rotemburgo, perla medieval, amurallada y nívea. Ciudad de callejuelas adoquinadas y casitas de colores. Rotemburgo, remanso para el turista, geriátrico natural, morada de hadas. Tan cerca de Nuremberg y tan lejos del horror. Alguien debía romper con el hastío y cambiar la reputación de la ciudad. Nadie está preparado para vivir en un lugar tan armónico sin enloquecer. El cosmos se creó del caos. ¿Es un crimen generar nuestro propio caos, para construir nuestro propio cosmos?
El canibalismo es un acto repudiado por la sociedad, pero no existe jurisprudencia al respecto. La Ley condena al criminal porque lo considera peligroso, pero no condena al crimen en sí mismo. No se juzga la acción caníbal, sino el homicidio. Pero no hubo homicidio, porque quien se considera víctima dio su consentimiento para sufrir y ser sacrificado. El “voluntario” provenía de una ciudad desmembrada repartida entre alemanes, americanos y soviéticos. No debería sorprender que haya elegido morir seccionado. Consiguió lo que quería y salió impune, mientras que el sobreviviente de la tragedia resultó condenado.



domingo, 13 de septiembre de 2009

Del Jardin des Plantes al Sena






El Jardin des Plantes. Un mamut. El sol que encandila. Flores. Quietud. Gorriones. Senderos con flancos de petunias. Brisa perfumada. Cedros. Olmos. Una alameda de plátanos. Dos turistas. Nogales rodeados de alegrías del hogar. Alfombras de pétalos. Perfume a lavanda. Ligustrinas. Graznidos. Cuervos. Perfume a lirios. Perfume a rosas. Zumbidos. Abejas. Una montañita con un sendero empinado. Subir. Transpirar. Secarse la frente. Una glorieta. Perfume a heliotropo. Un mirador. Libélulas. Voces. Teléfonos. Orquídeas. Frescias. Castaños. Sombra. Humedad. Perfume a tierra. La bajada resbaladiza. Raíces. Troncos. Ramas. Follaje. Crujir de hojarasca. La salida. El sol. Una cuadra a la izquierda. Casas. Negocios de barrio. Cruzar la calle. El calor del asfalto. Doblar a la derecha. Un café. De nuevo a la derecha. A mitad de cuadra un oasis. La mezquita. El patio andaluz. Sombra. Una fuente. Gotas de agua que caen. Sed. Perfume de azares. Doblar a la izquierda. Dos cuadras más. La Rue Monge. Bocinas. La plaza. La feria. El metro. Meo. Olor a metro. Teléfonos. Otro café. Seguir avanzando hasta las Arenas de Lutecia. Quema el sol. Voces. Gente que ensaya una obra de teatro. Calor. Sed. Retroceder hasta esa callecita, y pasar por el correo, y por esa librería que vende artículos de Le Petit Prince: El Principito. Comprar un monedero, una lapicera, un velador. Y seguir. Siempre derecho, hasta la Rue Mouffetard. Tango, el restaurant argentino. El mejor bife con papas fritas. La mejor música. Los adoquines. La gente. El calor. Los hoteles. Los turistas. Las voces. Los negocios de curiosidades. El olor a comida. Griega. India. Italiana. Así, siempre derecho hasta la Place de la Contrescarpe. Más adoquines. Más flores. Más cafés. Más voces. Más sol. Doblar a la izquierda. A la derecha la iglesia St Etienne du Mont. La noche. Las velas. La luz oscilante. El olor a parafina. El aire helado. La calle. Los teléfonos. Un contingente de japoneses. Fotos. Voces. Risas. Esa vereda que casi es plaza. Al frente el fondo del Pantheon. Cruzar. El calor. La sed. Los labios resecos. Subir las escalinatas, y entrar. El olor a flores muertas. Dejarse hipnotizar por el péndulo de Foucault. Voltaire. Rousseau. Mme. Curie. Los japoneses. El murmullo. El eco. Las fotos. Volver a la calle. Al ruido de la calle. Al ruido de los autos. Volver a la gente. Volver a los teléfonos. Volver al sol. Descubrir al fondo la arboleda del Jardín de Luxemburgo. El tránsito del Boulevard St Michel. Las bocinas. Las risas. Las voces. Morirse de ganas de entrar al Luxemburgo. La piel caliente. La sed.

Franquear la reja. El sendero verde. El fauno. Las flores de azúcar, rojas y rosadas. El Senado. Lysianthus. Clivias. Strelitzias. La terraza. Los pájaros. El calor. Las reinas. Los jarrones con geranios. El perfume a pasto recién cortado. Los japoneses. El murmullo. Las fotos. Bajar al jardín ornamental. A la fuente. Volver a la sed. Roderase de niños. De botes a control remoto. Del ruido de los niños con sus botes a control remoto. Los estudiantes. Los libros. Las risas. El humo. El olor a tabaco. Los cochecitos de bebé. El ruido de las ruedas. Risas de bebés. El sol. La sombra. Los teléfonos. Acurrucarse en ese jardín secreto que es la fuente de Maria de Medici. El agua. Los gorriones en el agua. La sed. Ser feliz a pesar de la gente. A pesar de los teléfonos. A pesar del calor. Volver a la calle. A la Rue de Vaugirard. Al café con Internet. A la Brioche Doreé, igualita a la de Buenos Aires. Sentir un vacío en el estómago. Y seguir. Buscar la humedad del río. Retomar el Boulevard St Michel, por la vereda de la Sorbona. Más estudiantes. Más risas. Más gritos. Más bocinas. Chocar con el Boulevard St Germain. Chocar con el murmullo de los japoneses. Chocar con el metro y con su olor. El museo Cluny. La Edad Media. Las ruinas romanas. El frigidarium. El olor a humedad. Las bocinas. El calor. Los teléfonos. La sed. Las librerías. Más gente. Más voces. Más teléfonos. Más sol. La risa de los jóvenes en la fuente de San Miguel Arcángel. El humo de cigarrillo. El agua. La sed. El olor del Sena. Doblar a la derecha. La multitud. St Severin. Las gárgolas. Los vitrales flamígeros. St Julien le Pauvre. La casa con entramado. Esquivar gente. El olor a libro. Los libros. Shakespeare and Company. Las cocinas de la Rue de la Huchette. La comida. Los empujones. Las risas. Las voces. El hambre. Gente que come. Gente que toma café. El café. La comida. El humo. Los teléfonos. La aguja de Notre Dame. Los arbotantes. La roseta que a cada paso se hace más grande. La magia. Los fantasmas. Las campanas. El sol. La sed. El calor. El puente. El Sena. El vértigo. El viento en la cara. El pelo en los ojos. El silencio. El agua turbia. La corriente. Las burbujas.




jueves, 10 de septiembre de 2009

Primavera en Julio


Cuando Julio despertó, colgaba de la rama de un árbol. Miró a su alrededor. Estaba rodeado de duraznos. Se sacudió y los duraznos se sacudieron. Intentó bostezar con los ojos, pero no tenía párpados, y su visión de trescientos sesenta grados le hizo notar que algo había cambiado. Apenas atinó a gritar, su voz rebotó contra la piel, entonces descubrió que no tenía boca. Quiso correr, pero su cuerpo estaba prendido al árbol. Intentó patalear, pero sus piernas habían desaparecido. Temió estar encerrado en un laberinto de espejos que le devolvía su imagen multiplicada. Le llevó dos noches y un día darse cuenta de que su temor tenía fundamento: Julio era un durazno más, entre muchos duraznos de un mismo árbol.
Su pasado como empleado bancario lo había agobiado durante años, y convertirse en fruta le pareció un castigo injusto. Pero poco a poco se acostumbró a su nueva vida. Al principio le costó adaptarse: extrañaba su cama, a sus amigos, y hasta al molesto afilador de cuchillos que lo despertaba los sábados con su silbido. Pero con el tiempo Julio descubrió que no era tan malo ser durazno. No más hambre. No más sueño. No más viajes en subte. Sólo debía entregarse a la brisa perfumada del pasto recién cortado, a la frescura del rocío, y al grito de los vendedores ambulantes. Los demás duraznos eran amistosos, pero Julio prefirió permanecer oculto entre las ramas, a entablar una relación. Un día se sintió feliz, y se alegró de su suerte.
Julio vivió tranquilo hasta que llegó la época de la recolección. Los mejores duraznos fueron los primeros en irse. Se decía que eran enviados a casas de familias acomodadas, pero pronto se supo que después de arrancarles la piel los envasaban al vacío en latas con almíbar. Después se llevaron a los duraznos picoteados por los pájaros, o golpeados por el granizo. A esos les hicieron creer que irían a la feria más importante de la ciudad. Algunos fueron a parar a una licuadora con granadina, y otros lograron escapar arrojándose al suelo para rodar a la deriva. Julio, espantado por su destino incierto, se distraía imaginando que terminaría en una frutera de cristal, y que algún artista lo inmortalizaría en una pintura.
Pero el tiempo pasó y Julio, siempre oculto entre las hojas, no maduró. Su piel no fue rosada, y nadie se interesó en él. Y un día se quedó solo. Se sintió profundamente apenado, pero no pudo llorar. No tardó en comprender que si no moría en una boca, se pudriría. Pero el otoño desvestía el paisaje, y ya nadie se acercaba al árbol sin frutos. Entonces Julio esperó, resignado, hasta que un día frío y lluvioso, unos niños harapientos pasaron junto al duraznero. El más chiquito lloraba y pedía comida. El mayor trepó al árbol y sacudió las ramas. Julio se balanceó con todas sus fuerzas hasta que el niño lo descubrió. Cuando lo arrancaron de la planta sintió un ardor que lo recorrió de pies a cabeza, y cuando los niños lo mordisquearon, se desvaneció. Los niños hablaban con pedazos de Julio en la boca, y comentaban lo rico que estaba. Cuando ya no quedaba más pulpa, el mayor le explicó al chiquito que si plantaban el carozo crecería un árbol.
Los niños llevaron el corazón de Julio a su casa. Era una casa humilde, con un fondo amplio y descuidado. Buscaron un lugar junto a una acequia, reparado del viento, y lejos de la sombra. Con las manos cavaron la tierra, arrojaron el carozo, y lo cubrieron de hojarasca. Por último lo regaron con agua fresca, y se sentaron a esperar. Julio tardó dos años en florecer, y sus frutas fueron las más dulces y sabrosas que jamás hayan existido. Los niños siguieron plantando carozos, y el campo se llenó de Julios. Y Julio se llenó de primaveras. Y de pájaros. Y de sol.


Dedicado a Ana GyS, que me obligó a escribir un final feliz (perdón por la rima)

domingo, 6 de septiembre de 2009

Pesadilla






A María la despertó su propio grito. Había soñado con vampiros. Se incorporó de un salto. Las sábanas estaban manchadas con sangre, y María también. Salió de la cama y se quedó acurrucada en un rincón. No podía dejar de temblar y de preguntarse qué había sucedido. Nevaba, y la ventana estaba abierta. Oyó un aleteo. Miró a su alrededor. De entre las sábanas asomaba un murciélago moribundo. Tenía el cuello desgarrado. María sintió la boca pegajosa. Reconoció el sabor de la muerte. No pudo soportar el horror. Se asomó a la ventana, y salió volando.


Dedicado a Martín Orellano

miércoles, 2 de septiembre de 2009

El niño de la tierra








Niño sin piel
y sin carne
niño subterráneo

Collar de huesos
enhebrado
niño marioneta

Boca arriba
astillado
flores muertas
niño momia

Techo y pasos
voz de papá
llanto de mamá
risa de hermanos

Niño que empuja
que golpea
grito ahogado

Red de raíces
niño que trepa
tierra que cede

Y una manita
que asoma
y dice adiós


lunes, 31 de agosto de 2009

Mineral (versión corregida y aumentada)


Sos sal de un mar dulce

hielo ígneo
plomo certero
lacre de mis secretos

Sos roca espejada
montaña de agua
gema embrutecida

Y yo soy cairel de un candelabro extinto
que entre tus manos de talco
se estremece y se opaca

Tu piel de mercurio se escurre entre mis dedos
y me envenena

Tu aliento de azufre se enreda en mi cuello
y me ahoga

Fui tu reina
y en mi trono de vidrio astillado
me coronaste con alambre de púa

Hombre acorazado
mis lágrimas no oxidan tu armadura
mis gritos no hacen eco en tu oquedad

En mi cuerpo de mármol
tallaste con besos
tu amor de amoníaco

Gira el disco de diamante
su música arranca la piel
y pule los huesos
pero no borra tus marcas

Temo que seas indeleble


lunes, 24 de agosto de 2009

La tierra orgánica










Donante cadavérico
que alimentás la tierra
la vida nace de tu muerte

Donante cadavérico
n
utriente de los campos
tu sangre es lluvia fértil

En tu piel germinarán pastos de seda
y en tus ojos pimpollos con perfume a presagio
y de tu boca nacerán frutas
y serás un Arcimboldo

Donante cadavérico
fecundador de suelos
y de sueños
dejarás la oscuridad
y arderás en fuegos fatuos



viernes, 21 de agosto de 2009

Poesía perra




La jauría sangra colmillos de fuego

Es tiempo de ladridos rojos
................de perros acorazados
................de experimentos con gas
................y de perreras

Es tiempo de romper la vida
................de jugar al desamor
................de viejos que moquean
................y muñecas infartadas

Es tiempo de latidos rotos
................de atemperar la rabia
................de un pasado sin memorias
................de un futuro añejo en compañía del abandono







Bonus track

Nostalgias de alcaucil en la perrera
Sangre en Juan Corazón Ramón
Fiel al ladrido de una muñeca añeja
San Roque del susto se infartó
Y el latido del moquillo en la arena
Jugó al cumpleaños de Perrault
Y aunque a un año luz de Drácula bebiera
Todo tiempo pasado fue melón



viernes, 14 de agosto de 2009

This are a few of my non favourite things


Detesto a la gente del subte
A los que suben mientras otros bajan
A los que viajan parados al lado de la puerta

y no se corren para dejar pasar
los que atropellan para subir por la escalera mecánica
los que suben la escalera mecánica a pie
que tiran basura por la ventanilla
que pispean lo que estás leyendo
A los hombres con huevos doble yema

que se abren de piernas y ocupan un asiento y medio

Odio a los que no saben comportarse en un espectáculo
a los que llegan tarde
a los que cuchichean mientras suena la música
que se sacuden en la butaca hasta hacerla chirriar

justo cuando suena un pianissimo
a los que no apagan los celulares
que aprovechan cada silencio para toser
que desenvuelven caramelos
que con las rodillas empujan el respaldo de tu asiento
que huelen a naftalina
que aprovechan el intervalo

para criticar a la soprano que desafinó una nota

En la oficina me exasperan:
Los que comen en su escritorio y tiran las sobras en el cesto

en lugar de llevarlas a la cocina
Los que roban la comida de la heladera
Los que ensucian la heladera y el microondas
y no los limpian
Las que se producen como modelos

pero cuando salen del baño no se lavan las manos
Las que dejan sus cositas flotando en el inodoro
A los que toman mate
que hablan a los gritos
que catalogan a las personas

según el sector donde trabajan, o según su función
A los obsecuentes
A los doble faz

Me da bronca que mi portero se meta en todo:
Que si no saben que esta mañana diluvió es porque estaban durmiendo
Que la fiera está debajo de un auto, que venga a buscarlo que hace frío
Que su papá se debe haber ido a San Clemente porque hace mucho que no lo veo
Que cuando usted se fue a estudiar, porque llevaba una carpeta, porque usted estudia ¿no?
Que cuando yo llegué la fiera ya estaba afuera, y Gabriel no está porque yo le toqué el timbre y no contestó
Que Gabriel no está, porque lo vi salir hace media hora, y debe haber ido a trabajar porque llevaba una mochila
Que está su suegra arriba

Que la conocí hoy, y que yo le abrí la puerta
Que los de al lado estuvieron de fiesta anoche, ¿no? Porque hoy había un montón de botellas.


Me sublevan los ignorantes que dicen frases como:
Qué genio Freddie Mercury, pero era puto ¿no?
Qué lindo que era Rock Hudson, quién si iba a imaginar que era puto
Qué desperdicio: Juan Castro era puto
Y sí, son como Sandra y Celeste (¿cantan?)
Madonna se sacó fotos desnuda. Qué puta.
Es negrita pero linda
Es un lindo negro
Los negros tienen los dientes blancos (¿deberían tenerlos negros?)
Los negros tienen las palmas de las manos blancas (¿deberían tenerlas negras?)
Los negros dan olor (¿vos no usás desodorante?)
Mis vecinos son judíos pero nos llevamos bien
Mi mamá tiene amigas judías y son buena gente
¿Cómo que Jesús era judío?
Ese chileno de mierda
Ese brasuca
Ese peruca
Ese bolita
Los argentinos somos derechos y humanos
Algo habrán hecho
A mí no me pasó nada
Acá lo que hicieron mal fue no entregar los cuerpos, Franco la hizo mejor
Hitler se quedó corto
Acá lo que hace falta es una buena limpieza

Me da bronca:
Que demoren tres meses en entregar el DNI
y dos meses en entregar el pasaporte
Que me obliguen a viajar en transportes sucios que no brindan un buen servicio
Que un amarillista gane un Martín Fierro
Que un tipo que hace programas riéndose de la gente, y que su única gracia es gritar cada tantos segundos“¡ah, bueh!”, siga en el aire
Que una mujer ignorante, decadente y obsoleta sea considerada diva
Que esperen a que Abelardo Castillo muera

para hablar de lo gran artista que fue
Que esperen a que María Kodama muera

para recordar a Borges
Que no se sepa cómo murió Mariano Moreno
Que nadie se haya atrevido a decir que si Rosas fue un hijo de puta

Urquiza lo fue más
Que ante un mismo hecho

no se acepten más versiones
que las convencionales

Y si sigo enumerando cosas que me dan bronca

voy a llenar el disco rígido

Y ahora me da bronca la rigidez del disco
Y el monitor que se llena de pelusa
Y que brilla con la luz que entra por la ventana
Y me da bronca cuando el pomelo tiene poco jugo y muchas semillas
Y la manzana arenosa
Y el postrecito bajas calorías elaborado con crema de leche
Y toda la línea light
y su efectividad demostrada sólo en bolsillos y billeteras
Que tengamos que elegir entre jamón natural
y artificial
Y que en mi barrio no venden gruyere
ni leche evaporada
ni mascarpone

Y no soporto:
A la gente que se burla de los chinos

porque no hablan bien nuestro idioma
Que pronto me van a obligar a usar lamparitas de bajo consumo
Que los fideos vienen con gorgojos
Y las lentejas con piedritas
Que en la pescadería de la esquina a la paella la colorean con polvo de ladrillo
Que a la leche la rebajan con agua
Que me atienda un contestador automático
Que si A marque 1
Que si B marque 2
Que si C cuelgue y váyase a o cu do moucho
Que dejen la toalla húmeda hecha un bollo sobre la cama
Que siempre me toque cambiar el rollo de papel higiénico
Secarme las manos con papel higiénico
Que el papel higiénico quede flotando en el inodoro
El papel higiénico
Que si no limpio regularmente

el baño se llene de hongos y la cocina de hollín
Que se suelte la sábana mientras duermo

y los pies toquen la frazada
Que los sahumerios estén húmedos
Que me caguen el taxi
Que el colectivo no pare
Que el subte haga un paro sorpresivo
Que suspendan mi programa preferido

para pasar un partido de fútbol
Que el médico me recete algo

sin haberme revisado
Que las iglesias no estén abiertas las 24 horas
Las iglesias
Los curas
Las religiones
Los gobiernos
Que no se puedan abrir las ventanillas

de los aviones
Vivir en un barrio lleno de obras

con las consabidas molestias que aparejan
Que la pizzería de la esquina tarde media hora en traerme el pedido
y que la pizza llegue fría
La paloma que me caga la ventana de la cocina

todos los días
Los que fuman en el ascensor
Los que no saludan en el ascensor
Los ascensores herméticos
Los ascensores

Las oficinas sin ventanas
La oquedad humana

Pero lo que más bronca me da
es que hayas salteado varias líneas
para llegar hasta acá

sábado, 8 de agosto de 2009

El sol tenebroso







El Sol Tenebroso es un peligroso asesino serial. Se lo menciona por primera vez en un manuscrito masticado por un cadáver. Lleva una vida errante persiguiendo el verano. Prefiere los lugares con niebla: playas, valles y páramos. Por testimonios obtenidos de sus víctimas, se sabe que usa disfraces para evitar ser reconocido, y se presume que posee varias identidades.
A la hora de matar, no discrimina entre personas, policías y electrodomésticos. Elige a quien se haya expuesto al sol en forma desmesurada. Atrapa a su presa, la ahorca con una tanza, la unta con bronceador, le clava sombrillitas de papel en los ojos, y junto al cuerpo deja una nota: El sol mata.
La policía ha alertado a farmacias, ópticas, y casas de cotillón, acerca de un comprador compulsivo. Intentan establecer dónde atacará, pero el sol tenebroso se las ingenia para ser impredecible.
En las últimas semanas se ha trazado una línea imaginaria siguiendo sus pasos. En un sólo día se han reportado asesinatos con el mismo modus operandi en Londres, Kyoto, Nassau y Las Toninas. A fin de establecer si los crímenes fueron cometidos por la misma persona, la Interpol trabaja sobre dos hipótesis: la posibilidad de que el Sol Tenebroso tenga una capacidad sobrenatural para desplazarse, y la existencia de un imitador.

miércoles, 5 de agosto de 2009

Á l'Epicerie



Entró al negocio y pidió cicuta en hebras, pero sólo vendían aceites, conservas, y tes especiados. Ella insistió. No señora; acá a la vuelta hay una herboristería… No, yo siempre compro acá, así que por favor se la dejo encargada. El vendedor, un hombre entrado en años, enfatizó su negativa con un gesto de su dedo tembloroso: acá no trabajamos ni encargos ni venenos. Pero ella era obstinada, y si insistía algo iba a conseguir. Y otra vez que no, y que si llegaba a conseguir algo, iba a demorar. Y que ella no tenía apuro. Y que no le venderían veneno. Y que voy a presentar una denuncia, porque yo sé que acá venden cicuta, y no entiendo por qué a mí no. Y que lo único que va a lograr es que le cierren el negocio, y no va a poder trabajar nunca más. Y si tiene suerte se va a salvar de ir a la cárcel. Pero señora... Y quién le dice, mañana encuentre que el negocio se incendió, que fue un incendio tan voraz que causó daños irreparables, y que tuvo suerte de no estar ahí. Mire si se prende fuego usted también, y para cuando llegan los bomberos el cuerpo está calcinado, o lo que es peor, cubierto de quemaduras. Imagínese, agonizar sin piel, como un morrón asado. Sin piel y secándose un poquito cada día, hasta reducirse a un trozo de carne deshidratada. Espere señora, voy a ver si en este cajón tengo algo que pueda servirle. Y encontró una bolsita con granos aromáticos de color púrpura. Y de un frasco sin rotular sacó unas hierbas secas. Y con sus manos siempre temblorosas machacó los granos y las hierbas en un mortero, y guardó el preparado en la bolsita. Tome, acá tiene su cicuta. ¿Me está cargando? ¡Esto no es cicuta! No, señora, mire. Usted pone una cucharadita en media taza de agua hirviendo, la deja reposar y… Mejor no mienta porque le juro que… Y cuando esté tibia la bebe lentamente. ¿Usted se cree que yo soy estúpida? No, señora… Mire… no es cicuta, pero no falla... Llévela con confianza. Ella sacó una navaja. Señora, por favor, soy un hombre grande y enfermo. Cerró con llave y lo obligó a pasar a la trastienda. Hacía calor, y el agua no tardó en hervir. Pronto la infusión estuvo lista, y siguiendo la prescripción, el hombre la bebió lentamente. Antes del último sorbo, con los ojos en blanco y los labios azules, se desplomó. Y ella, demostrada la efectividad de la infusión, guardó la bolsita en la cartera, y se fue.


lunes, 3 de agosto de 2009

Lilith






Lilith, el pecado resbala por tu piel y se enreda en tu pelo

Gracias por abrir la puerta


viernes, 31 de julio de 2009

El bungalow rebelde









Al tope de la colina había un punto panorámico. Ahí se había construido un complejo de bungalows, que en el pueblo era uno de los más cotizados. Todo iba bien hasta que un bungalow rebelde comenzó a apartarse de los demás. Un día se alejó apenas unos pasos, luego unos metros, y en poco tiempo aprendió a bajar al lago. Esto espantó a algunos turistas y atrajo a otros. Por las noches se armaban fogones y se contaban historias de fantasmas. El complejo se convirtió en zona de culto para los amantes de las historias fantásticas. Se decía que cuando todo quedaba a oscuras, el bungalow rebelde iniciaba su bajada hasta la orilla del lago.
Un día el dueño del complejo se cansó de las historias oscuras y contrató a un escuadrón que se ocupaba de controlar a los depredadores de la zona. El escuadrón desarrolló un dispositivo especial que le permitió medir la franja horaria en que el bungalow rebelde se movía, y el tiempo que tardaba en desplazarse hasta el lago. Después de varios estudios e intentos infructuosos por detenerlo, se descubrió que las fases lunares alteraban su recorrido: En cuarto creciente descendía en zigzag, en cuarto menguante bajaba en línea recta por el camino más corto, en luna llena daba vueltas sobre sí mismo siguiendo un trayecto aleatorio, y en luna nueva se aletargaba sobre sus cimientos.
El escuadrón aprovechó la etapa de letargo para tender cepos a lo largo del camino por donde se deslizaría el bungalow rebelde. Cuando la luna entró en cuarto creciente, el bungalow rebelde inició su bajada en slalom, esquivando pinos y arrancando el césped. Antes de que pudiera darse cuenta, estaba atrapado. En un instante las columnas se tumbaron, las vigas se vencieron, y los bloques de madera se diseminaron por la colina. Bailaban y avanzaban hacia la orilla como un ejército de leña. Un desfile interminable de objetos se desmoronó por la ladera: cacerolas, lamparitas, inodoros, maniquíes, la biblia de los Gideones, animales embalsamados...
Los fragmentos de madera llegaron a la orilla y saltaron al agua en busca de la salvación, pero no fueron más que una flota de astillas a la deriva. El escuadrón armó una fogata y tendió una red en la superficie del lago. Los restos del bungalow rebelde fueron capturados y arrojados la hoguera. Desde entonces el pueblo entero se desliza por las colinas, atrapado en una nube de humo.


miércoles, 29 de julio de 2009

Eterna bella durmiente


El príncipe intentó saltar el muro, pero resbaló y cayó con tal mala suerte que se fracturó las piernas. Gritó y gritó, pero nadie pudo escucharlo. Y así el príncipe fue muriendo de a poco: un poco de dolor, otro poco de frío, y otro poco de hambre. Y la princesa nunca despertó.

jueves, 23 de julio de 2009

Chocolate con huevo blanco



Entre otras golosinas, a Hernán le gustaba comer una barrita de chocolate amargo con el café. Los que lo conocían siempre le regalaban alfajores, bombones, y caramelos. Era una de las noches más frías del año, y Hernán encendió la televisión y preparó un café con Amarula. Fue a buscar su barrita de chocolate, y recordó que había terminado la tableta la noche anterior. No iba a salir a comprar. Revisó la alacena. Sus golosinas estaban catalogadas, y algunas las atesoraba para ocasiones especiales. Encontró un huevo de chocolate, envuelto en papel dorado, y con una cinta de seda color granate. Unos amigos lo habían traído de algún lugar de Europa. Shokolade mit Eiweiss, decía la etiqueta. No sabía alemán, y tradujo: chocolate con huevo blanco. En cuanto lo desenvolvió, un aroma delicioso inundó la habitación. Apenas lo tomó entre sus dedos sintió algo crujiente. El huevo estaba levemente cascado y algo se movía en su interior. Lo apoyó sobre el papel brillante y lo observó. Mientras pensaba que debía ser un huevo con corazón, la cáscara se rompió, y una lluvia de merengue se desparramó sobre la mesa. Escondida entre los escombros había una casita tirolesa.
Hernán llamó a la puerta. Un señor diminuto y con voz finita respondió, y lo invitó a pasar. Era una casa de montaña, con muebles rústicos y cortinas de algodón a cuadritos rojo y blanco. La ventana tenía macetas con flores anaranjadas, y a través del vidrio empañado se veía nevar en el jardín. Para paliar el frío, Hernán se sentó junto a un hogar de leños. Se quedó observando al anciano, que derretía caramelo en un caldero, y chocolate blanco en una olla de cobre. El hombre abrió un armario y Hernán observó asombrado los diferentes frascos de vidrio marrón, verde y azul. También los había de porcelana y de losa. El anciano eligió uno, aparentemente al azar. Estaba lleno de arañas. Las arrojó al caldero, vivas. Después de unos segundos, las escurrió con una espumadera, las esparció en una tabla, y las llevó a enfriar al jardín. Hizo el mismo proceso con lagartijas, con caracoles, y con insectos. Hernán probó una libélula. Las alas crisparon en su boca como una hoja seca y le hicieron cosquillas en la lengua.
El anciano dispuso los moldes para el chocolate a lo largo de una mesada de mármol. Había varios modelos, pero los de más salida eran los corazones. Con una agilidad inusual para su edad, vertió el chocolate y lo rellenó con los caramelizados. El trabajo estaba casi listo. Sólo faltaba uno: el de forma de huevo. El anciano le dijo a Hernán que se preparara, que era su turno. Antes de que Hernán pudiera reaccionar, el anciano dio un silbido y una bandada de cuervos entró por la chimenea. La habitación se pintó de negro. Con picos y garras los cuervos tomaron a Hernán por la ropa, y lo echaron al caldero. Rápidamente el anciano completó el trabajo. Hernán sintió el calor del chocolate, el ruido sordo del anciano sellando el huevo, el aleteo de los cuervos que se perdía en el silencio de su ataúd de golosina. Tanteó las paredes, las empujó, las arañó, pero no cedieron. Apenas unas pequeñas astillas se le clavaron debajo de las uñas. Respiró la opresión. Se ahogó en lágrimas. Y comprendió que el círculo se había cerrado.

Dedicado a Martín Orellano


martes, 21 de julio de 2009

El elixir del hada verde







Ella siempre pide lo mismo: un vasito de ajenjo. Bebe y recuerda cuando era feliz. Cuando bailaba el Can-Can y los hombres enloquecían. Cuando lo vio por primera vez, sentado en la platea, con su aire intelectual y sus ojos ahumados. Cuando renunció a todo para casarse con él: dueño de un modesto departamento en la Rue Lepic, pero sin una moneda. Se recuerda novia y los ojos se le empañan. Novia sin vestido, sin vals y sin alianza.
Él toca el piano en un restaurant de Montmartre. Ella en invierno vende castañas en el Boulevard de Clichy, y en verano espera que regrese el invierno. Él casi siempre cena en el restaurant. Ella casi nunca. A veces, cuando el estómago le hace ruido, ella va al restaurant de Montmartre y espera que él la invite a sentarse. Y si él está con una mujer, ella finge no verlo, pide una copa en la barra y regresa a casa.
Ella se sienta en la punta de la mesa, y come, y bebe, y sueña. Y languidece mientras él mira por la ventana. Y él cree que ella sufre porque no tienen dinero, porque la engaña con otras mujeres, por el desamor. Él cree saberlo todo. Pero lo que él no imagina, es que ella está con él por un techo, por un plato de comida, y por un vaso de ajenjo.