viernes, 25 de diciembre de 2009

El vestido que no fue




Iba a ser un vestido de novia, de moireé color champagne. El molde estaba hilvanado sobre la tela. La modista lo estiró suavemente sobre la mesa de trabajo, respiró hondo, y dio el primer corte. Apenas la tijera mordió el orillo, la tela se estremeció y lanzó un quejido. La modista se incorporó de un salto. Sus manos se descontrolaron y la tijera planeó por la habitación hasta que se clavó en un almohadón. La modista miró a su alrederor. Con tanto calor y tanto cansancio era fácil que la imaginación volara. Las telas no se estremecen. Seguramente el quejido había venido de la calle. Fue a la cocina, bebió un vaso de agua fresca y regresó al taller.
La tela había caído al suelo y con movimientos de
ameba se desplazaba hacia la puerta. La modista la recogió, la sacudió un poco, y la acomodó sobre la mesa. Mientras estiraba el brazo para tomar la tijera escuchó una voz que le decía: por favor no me lastimes. Se secó el sudor de la frente, apoyó la tijera de canto sobre la mesa, y de un sólo movimiento dio un corte certero. De la herida abierta brotó un hilo de sangre, que pronto fue un charco. Aunque no sentía dolor alguno, la modista pensó que se habría lastimado, y corrió a lavarse las manos. Pero su piel no tenía un sólo rasguño. Regresó al taller resuelta a seguir con su trabajo, con la esperanza de que todo estuviera en orden y con el temor de que fuera un caos.
La mesa era una madeja deshilachada roja y espesa, que latía y bombeaba como un corazón desgarrado. Las gotas de sangre caían por l
os bordes y se estrellaban contra el suelo. La modista intentó rescatar la tela, que no era más que una masa venosa y sanguinolenta. La llevó a la pileta y la retorció, pero en lugar de escurrirse, el flujo se hizo más intenso. Con las manos rígidas, el pecho a punto de estallar, y los ojos desorbitados, se alejó poco a poco de la pileta, caminando hacia atrás, si perder de vista la masa informe que se retorcía con contracciones de parturienta.
De pronto, de entre el torrente emergió una
parejita de novios de mazapán, de torta de casamiento. Enseguida apareció otra parejita, y otra, y otra más, hasta que el piso quedó plagado de parejitas rígidas manchadas de sangre, que se desplazaban en cualquier dirección, mecánicamente. Las novias cantaban la marcha nupcial de Mendelssohn, los novios la de Wagner. La modista siguió retrocediendo hasta quedar acorralada en un rincón. Los muñequitos treparon por su cuerpo como cucarachas mientras repetían una y otra vez: ella no debe casarse.
Cuando la encontraron, la modista llevaba varios días muerta. Estaba envuelta en la tela de la novia. Tenía las tijeras clavadas en l
os ojos, que lloraban sangre.




5 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy buen texto !!
Hay que estar mas atentos a las señales!!!!Diana.

Szarlotka dijo...

Gracias Diana!
Una vez me dijeron que el miedo es lo único que puede salvarnos. Lo entendí mucho después. Si yo hubiera sido la modista, habría dejado que la tela siguiera su camino. Pero ella no tuvo miedo, y cuando comprendió la realidad era tarde.
Saludos

Anónimo dijo...

Totalmente de acuerdo!!!
Aunque a veces el miedo te paraliza o seguis con inercia intentando cortar la tela ....Un abrazo,Diana .

Scatterbrain dijo...

Primero, gracias por pasar por mi blog y por el comentario.
El miedo es bueno en su justa medida, como todo.
A veces te puede salvar o paralizar.
Si pudiéramos tener un control total sobre nuestras emociones, las cosas serían mas sencillas, o aburridas.
Saludos,

Szarlotka dijo...

Scatterbrain, gracias por tu visita =)
El miedo... coincido con tu comentario pero, podríamos agregar tantas cosas al respecto, como con todas las emociones primarias.