viernes, 2 de abril de 2010

Deseo









Subió en Cramer y mientras sacaba boleto lo vio en el primer asiento. Tenía el pelo peinado hacia atrás, traje a rayas, y los zapatos bien lustrados. Instantáneamente hubo una conexión entre los dos. Las miradas se fundieron en un sólo ojo capaz de ver más allá. El colectivo estaba repleto. El se levantó y con un ademán le cedió el asiento. Tal vez fue por la forma en que él la miró, o porque su perfume masculino la embriagó, o quizás fue por el carisma que el hombre irradiaba; lo cierto es que no pudo evitar estar pendiente de él durante todo el viaje.
Ella le miró la mano y comprobó que no tenía alianza. Él le miró la blusa, que aún cerrada hasta al cuello no alcanzaba a disimular los pechos voluptuosos. Ella le regaló una sonrisa inocente. El colectivo frenó y él casi cayó sobre ella. El calor del roce entre las ropas la perturbó. Cuando la gente se reacomodó volvió a sentirlo contra ella. Seguramente alguien lo había empujado. Pero el sexo del desconocido crecía a cada embate. Sintió deseo, y a la vez vergüenza de excitarse por lo que ella misma habría calificado como perversión.
El colectivo se vació en Avenida de los Incas, pero el hombre seguía parado ahí, aunque ya no estaba pegado a ella. Si era un pervertido todavía lo tendría encima, pero ni siquiera le había dirigido la palabra. Además, ella sabía distinguir a un pervertido. Cuando era adolescente a casi todas las chicas las manoseaban en los colectivos, y ella no era la excepción. Se habría dado cuenta. Tal vez el hombre ni siquiera había tenido una erección. O tal vez sí, tal vez tenía un problema, o había tomado algún medicamento, o... Se sintió incómoda. Miró a su alrededor y vio que en el fondo, en un asiento de dos, sólo había una señora. Enseguida se cambió de lugar. Al hombre no le quedaba más remedio que sentarse, pero caminó hacia el fondo.
Ella lo vio acercarse. Tenía unos ojos increíbles, una mirada atrapante, y una sonrisa cálida. Era alto y de espaldas anchas. Imaginó el abdomen plano, los brazos musculosos, y pensó en el sexo que se le había quedado grabado a fuego en el hombro. Era un hombre tan hermoso y elegante. Y se lo veía tan pulcro, con la camisa impecable y las uñas cortas. Y había tenido el detalle de cederle el asiento. Ese hombre no podía ser un pervertido. Todo era parte de una fantasía de mujer que había pasado mucho tiempo sola.
El colectivo se internó en el túnel de Constituyentes. Era hora de bajar. Por qué el no le había sacado conversación. Se levantó y tocó el timbre. Le encantaba ese hombre y quería conocerlo, pero si él no tomaba la iniciativa no había nada que ella pudiera hacer. Además, desde que se había cambiado de asiento no había vuelto a mirarla. Faltaba una cuadra para llegar a la parada. ¿Y si le daba el teléfono? Total, si hacía el ridículo jamás volvería a verlo. El colectivo se arrimó al cordón. Bajó sin mirar atrás. Tal vez él iba a tomar el tren, como tanta otra gente.
A pocos metros estaba la estación Arata. Era un lugar oscuro y solitario, y ella siempre trataba de bajar primera para no quedarse sola. Caminaba a paso firme cuando sintió que le tocaban la espalda. Su sueño se había hecho realidad. Pero el hombre del colectivo ya no tenía la sonrisa cálida y la mirada amable. La tomó del brazo y la miró con el ceño fruncido. Ella intentó zafarse, pero él la sujetó con fuerza. La gente se alejó hacia la estación. Sin soltarla, la zarandeó y la obligó a entrar a la Agronomía. La empujó contra el terraplén y le arrancó la blusa. Y la manoseó. Y se dejó caer sobre ella con todo el peso de su cuerpo, hasta que las piernas se desgajaron como las hojas de un libro viejo. Ella le dijo que así no, que la lastimaba, que... Intentó gritar, pero él le tapó la boca.



6 comentarios:

Marcela dijo...

Cómo lo contás! Parece tan real!...

Ana GyS dijo...

La pucha che... ahora si llego a ver algún bombón en el colectivo ni lo miro....

Como siempre, tus textos logran transportarme al momento y lugar en donde ocurren.

Moooy bueno!

PD: Creo que es hora de un nuevo final feliz

Szarlotka dijo...

Chicas, por suerte no sé cómo suceden estas cosas en la realidad, y prefiero no saberlo.
No me gusta escribir sobre cosas que no manejo, pero este texto pidió ser escrito y acá está.
Y al no conocer la psicología de un violador, elegí escribir desde el prejuicio de la víctima. Nos dejamos llevar por las apariencias. Como escribió irónicamente un compañero de taller: "me pongo la gorra y salgo a robar".
Besos

Flor de Ceibo dijo...

Una venía calentándose con el tipo y ¡PAF!, nos das una cachetada.
Sí, todos los casos no son iguales; pero que los hay, los hay.
Cariños.

silvana dijo...

Por un lado: el texto: EX-CE-LEN-TE; el manejo que hacés del "in crescendo" de la calentura de la protagonista, uno lo puede sentir, como de cuento erótico. Como que todas alguna vez tuvimos registro en el cuerpo de algo similar. Y lamentablemente otras muchas han tenido el registro del cuerpo de la segunda parte. Y de esa, no se vuelve tan fácil. Admiro mucho como escribís, como transmitís. Besote!!!

Szarlotka dijo...

Irene, muchas gracias por pasar. Tuve el blog medio abandonado.
Y sí, cada tanto les doy una cachetada. Las historias rosas no son mi fuerte.
Le debo un final feliz a Anagys : )


Silvana, muchas gracias por tu comentario tan cálido. Como les decía a las chicas, por suerte no conozco a nadie que pueda ayudarme a escribir la segunda parte, pero imagino que debe ser de las peores cosas que pueden sucederle a una persona.
Lo peor es que no va a faltar quien diga: "si viera como lo miraba en el colectivo... el hombre no es de piedra..." O, "también con esas tetas, qué quiere...

Porque parece ser que la mayoría se las veces se la culpa a la mujer. Una vez ví un documental sobre asesinos seriales. Me impactó Ted Bundy. Creo que él inspiró al personaje de este cuento. ¡Quién no querría estar con ese hombre!

http://es.wikipedia.org/wiki/Ted_Bundy


Besos a las dos