miércoles, 10 de marzo de 2010

La sortija


Santiago estaba mareado de tanto dar vueltas en la calesita, pero su mamá le había advertido que no bajaría hasta sacar la sortija. Mientras intentaba complacerla se divertía viendo las caras sonrientes que giraban alrededor de él. La que no parecía para nada contenta era su mamá. Le había enseñado que tenía que ser el mejor en todo, que tenía que destacarse, y que sólo los mediocres se equivocaban. En casa había reglas, y debían cumplirse a rajatabla. Santiago sabía que todas sus acciones repercutían en el comportamiento de su mamá. Si él se portaba bien, su mamá era la más buena del mundo, pero si él se portaba mal, su mamá se ponía muy mala. La educación de Santiago se basaba fundamentalmente en un régimen de premios y castigos, aunque a veces los premios no llegaban y los castigos eran infligidos sin motivos aparentes. Por eso tenía que sacar la sortija, porque su mamá estaba resuelta a que la consiguiera a cualquier precio, y Santiago debía obedecerle.
Santiago no tenía papá, y era el único hijo de una madre autoritaria y amargada. Desde muy chiquito había aprendido que lo que hacía feliz a su mamá lo haría feliz a él. Muchas veces fingía estar contento con tal de no disgustar a su mamá. Desde que tenía memoria se había dado atracones y había vomitado, y había tenido fiebre y dolor de panza. Una vez, aunque era demasiado grande para su estómago, Santiago tuvo que tomar una Copa Melba. Su mamá insistía en que no debía dejar nada, comer hasta la última oblea y pasarle la lengua a la salsa de frambuesas, aunque Santiago le decía que ya no podía tragar. La mamá tomó la cuchara y le dijo que abriera la boca: esta es por la tía Rosa, esta por la prima Caro, esta por el abu Guille, y así… Y Santiago tenía miedo de que si se negaba a tragar algo terrible le pasaría a la persona a la que correspondía la cucharada.
Ahora Santiago debía concentrarse en conseguir la sortija. Daría unas vueltas más entre risas y aplausos y después podría ir a casa a mirar los dibujitos. La música monótona le retumbaba en la cabeza. Estiraba su bracito pero no llegaba. Había viajado en bote, a caballo, y ahora estaba subido a un elefante que volaba con las orejas, pero nada parecía efectivo. Tenía ganas de hacer pis, pero como la calesita estaba por cerrar, su mamá le había dicho que aguantara, que en cuanto sacara la sortija se irían a casa a tomar la leche. Pero por más que Santiago se esforzaba, siempre ganaban unos chicos grandes. Siempre los chicos grandes tenían ventaja. Una vez, en el lago de Palermo, Santiago les estaba dando de comer a los patos. Tenía tantas ganas de acariciar uno… Su mamá le había contado que las plumas eran muy suaves. Los patos parecían bastante tímidos, pero había uno que estaba entrando en confianza. Estaba a punto de tocarlo cuando vino un chico grande y se lo llevó. La mamá de Santiago salió corriendo detrás del chico, lo agarró de la remera, le pegó una cachetada, le arrebató el pato, y le dijo que no estaba bien hacerse el vivo con un chiquito.
Ahora Santiago tenía miedo de que su mamá tomara represalias contra los chicos grandes que siempre se llevaban la sortija. Se subió a un avioncito y se dejó aturdir por la música de calesita, hasta sentir que volaba. Entonces abandonó su puesto de piloto y trepó a una de las alas. Haciendo equilibrio se estiró e intentó alcanzar la sortija. Oyó gritos. Vio miradas que giraban alrededor de él, ojos brillantes, bocas abiertas de par en par, manos que intentaban atraparlo. De pronto la música se detuvo y se oyó un chirriar de fierros. Todos en la calesita se sacudieron con la frenada violenta. Santiago salió despedido y terminó tendido en el suelo, temblando. Todo el daño visible era una fractura expuesta en el brazo, pero debían esperar a que lo viera un médico. Alguien llamó a una ambulancia. Santiago lloraba y tosía, como si se estuviera ahogando en su propio llanto. Su mamá se arrodilló, le levantó la cabeza y le limpió la cara. Pero Santiago no paraba de llorar y de repetirle a su mamá que había sido sin querer, que sólo quería conseguir la sortija, que no se pusiera mala.


5 comentarios:

jorge castagna dijo...

todo un universo madre-hijo pintado en el tiempo de tres vueltas a la calesita, con gran talento. muy entretenido y significativo. ¿cuando te vemos?

Cristina la occhi dijo...

Qué hacés Emi, no podés dejar de escribir ni en las vacaciones. Espectacular esa sortija entre madre e hijo. Muy profundo, me encantó.
Supongo que el jueves que viene ya estarás con nosotros. Te esperamos y te extrañamos.
Besos
Cristina

Luzdeana dijo...

Terrible historia, mucho más repetida en la vida real de lo que muchos imaginan. Muy claramente dibujada desde la mirada de Santiago, con todo el temor de la tragedia por venir si no cumple con las expectativas... Pobre almita que sólo debiera ser responsable de jugar.
Un abrazo.

Szarlotka dijo...

Acá estoy de vuelta, tratando de adaptarme a la vida sin vacaciones... Hay que esperar hasta el año que viene, buuuuuu


Jorge, siempre tan generoso con tus comentarios. Me alegra que te haya gustado. Nos vemos el jueves, si no pasa nada raro.


Cris, la verdad que por suerte no pude parar. Aproveché para escribir un cuento "largo" del cual sólo publiqué un extracto, y corregí algunas cosas. La sortija la encontré en un cuaderno. Estaba sin terminar y me costó encontrarle un final. Bah, tal vez estaba terminado, pero la verdad que era raro. La cosa venía por el lado del pato. El chico grande se lleva el pato, la madre le pega una cachetada, agarra al pato y... esa noche comieron pato a la naranja. Eso decía el borrador. Grasa, ¿no? Bueno, no sé si ese era el final, pero por razones que no necesito explicar, la frase voló junto con el pato. Dale, reite y aceptá que si no fuera por las observaciones que me hacen en el taller y los comentarios que me dejan acá, todavía estaría pensando que había escrito un cuento excelente, con final sorpresivo y todo : )


Luzdeana, gracias por venir. Tus comentarios siempre son constructivos. Nunca un "muy lindo" o "me gustó". Siempre hacés alguna reflexión piola, incluso a veces encontrás cosas que ni siquiera me di cuenta de que están en el texto hasta que me las hiciste notar.

Besos a los tres

Ana GyS dijo...

Muy lindo. Me gustó. :P