sábado, 20 de junio de 2009

La espera






Tener un gato con reuma nunca había sido problema para Ernesto, pero esa mañana lluviosa no quería ir al hospital. Sin embargo, como todos los jueves, guardó al gato en la jaula y lo llevó a la sesión de fisioterapia. Pagó el arancel y buscó donde sentarse, pero todos los lugares estaban ocupados. Dejó la jaula en el piso y descansó el peso de su espalda contra la pared. Una mujer le pidió que se cambiara de lugar porque el gato estaba poniendo nervioso a su perro, y de mala gana Ernesto caminó hacia el pasillo. A los pocos minutos llegó una camilla con un perro accidentado, que aullaba como un lobo. El gato se sacudió dentro la jaula y comenzó a llorar. Ernesto se puso impaciente. El gato seguía llorando, y además fufaba y gruñía. Así pasó un rato y el perro seguía aullando en la camilla, mientras los dueños esperaban que apareciera un médico.
Ernesto regresó a la sala principal y consiguió un asiento. Apoyó la jaula junto a sus pies y sacó un libro, pero no pudo leer más de media página porque los perros iniciaron una competencia de ladridos. Decidió servirse un café para matar el tiempo. Fue hasta la máquina e insertó una moneda en la ranura. Estaba a punto de seleccionar la bebida cuando vio que alguien caminaba en dirección a su asiento. Dejó la moneda y corrió a sentarse, sin su café. Observó la sala. Había por lo menos veinte perros. El gato, tal vez por miedo, permanecía inmóvil y en silencio. Ernesto se rascó la cabeza. Volvió a sacar el libro, pero los ladridos no lo dejaban concentrar. Y ese olor… Los gatos no daban olor. Cómo era posible que a las personas les gustaran los perros, con ese olor que con la humedad se hacía más intenso.
Se levantó y fue hasta el dispenser. Se sirvió un vaso de agua caliente, lo apoyó junto a sus pies, y volvió a sentarse. Un perro acercó su hocico al vaso, pero a Ernesto no le importó. Cuando el agua estuvo tibia la tomó de un solo trago. Una mujer gorda lo miró de reojo y le preguntó si no le hacía mal. Le respondió que tomar agua caliente era un buen método para disolver las grasas, que se lo recomendaba. La mujer miró para otro lado, como si no hubiera escuchado. Abrumado por el olor, Ernesto se levantó y abrió la ventana. Alguien que pasaba por la calle lo saludó. Cerró la ventana con violencia y se acurrucó en el piso, en un rincón. Ahí se quedó un rato, hasta que un perro se le acercó y lo olfateó y lo babeó y le gruñó.
Mientras el perro le mostraba los colmillos, Ernesto se levantó con cuidado y se dirigió hacia la máquina de café. Nadie la había usado y el crédito todavía estaba disponible. Seleccionó un capuccino, pero la máquina no se lo dio. Probó con una lágrima, y tampoco. Iba a pedir un café negro cuando advirtió que la máquina tenía una luz roja. Murmurando que alguien debería haber puesto un cartel, intentó recuperar la moneda. Sacudió la máquina, la golpeó, y la acarició, pero la moneda no quería salir. Una enfermera se le acercó y le dijo que la máquina estaba fuera de servicio, que si no había visto el cartel, y que si no podía recuperar la moneda ella le daría otra.

Ernesto miró pasmado el cartel que no había visto antes. La enfermera sacó una moneda del bolsillo y se la dio. Ernesto agarró la moneda y la revoleó por encima de su hombro pidiendo un deseo. Luego se tiró al piso, dio media vuelta, y en cuatro patas recorrió la habitación buscando la moneda, que todavía se escuchaba resbalar por la pinotea y que parecía no terminar de caer. Los perros también quisieron encontrarla. Por un rato Ernesto fue un perro más. Ladró, balanceó la cadera, y usó sus manos como si fueran patas para escarbar entre las piernas de la gente. El primero en atrapar la moneda fue un chihuahua. Un yorkshire luchó junto con Ernesto, y aunque el yorkshire logró arrebatarle la moneda al chihuahua, no pudo conservarla por mucho tiempo porque un pequinés se la robó. Y al pequinés se la robó un beagle, y al beagle un mestizo, y un labrador, y un pastor belga, rottweiler, mastín, gran danés. Y Ernesto, que ya hacía rato que había sacado bandera blanca, regresó a su asiento bajo miradas acusadoras.

Los enfermeros ayudaron a los dueños a tranquilizar a sus perros, y en el silencio sólo se escuchó el maullido del gato. Ernesto se levantó, alzó la jaula, y le habló al gato. En ese instante entró una embarazada. Ernesto corrió a su asiento. La embarazada observó perpleja cómo Ernesto se sentaba. Se oyó un murmullo y los perros volvieron a ladrar. Alguien que estaba sentado frente a Ernesto le cedió el asiento a la embarazada, que no paraba de decir que ese señor era un maleducado, que la vio entrar y que fue corriendo a sentarse como si hubiera nacido de un repollo. Todas las miradas lo acusaban, y Ernesto decidió demostrarles qué tanto fastidio era capaz de causar: se metió el dedo en la nariz y escarbó, saca un moco e hizo hace una bolita. La embarazada seguía haciendo comentarios y cuando vio la bolita de moco hizo una mueca como si sintiera asco. Ernesto tiró la bolita de moco hacia donde estaba la embarazada, que mientras se agarraba la panza lo llamó loco.
Una enfermera iba a darle una inyección al perro accidentado que seguía aullando en el pasillo. La acompañaban dos ayudantes que sujetaron al perro. Ernesto corrió hacia ella, le arrebató la jeringa, y se la clavó en la pierna a la embarazada, que en pocos segundos cayó dormida. Los ayudantes trajeron una almohada y una frazada, arroparon a la embarazada y la acomodaron en un banco. Varias personas armaron un círculo alrededor de Ernesto y pidieron a gritos que no lo dejen escapar. Los perros ladraban, daban saltos, y por poco no alcanzaban a morderlo. Pero Ernesto también podía ladrar, y así lo hizo. Y además les mostró los colmillos, y los amedrentó dando trompadas al aire. Alguien debió llamar a la comisaría, porque pronto se escucharon sirenas. La policía venía acompañada de la brigada canina. Los perros se enfrentaron en una batalla campal, y los ladridos fueron ensordecedores.

En medio de la confusión Ernesto se acercó a la mujer, levantó la frazada, y le acarició la panza. El bebé daba patadas que podían verse a través de la ropa. Ernesto gritó que el bebé le pegaba a través de la panza, pero los policías, que no se habían enterado de que él era quien había causado los disturbios, lo confundieron con el esposo de la embarazada y se ofrecieron a alcanzarlos a su casa. Antes de subir al patrullero, Ernesto les dijo que debía regresar a buscar a su gato. Sin que nadie pudiera notarlo, escapó por la salida de emergencia.



6 comentarios:

**VaNe** dijo...

Un texto que empieza sereno, lento, en silencio, y termina en la locura total.
Un in crescendo súper interesante, de forma y contenido.

Sebastian Barrasa (El Zaiper) dijo...

coincido con la Vane

manejás muy bien los ritmos Szarlotka... será por tu oido musical? o por qué sos una ARTISTA

Szarlotka dijo...

Muchas gracias Vane. Esto surgió de un ejercicio que era delirio puro. Presté atención a las observaciones del Zaiper y salió esto. Así que si quedó bueno, ya sabés a quien se lo debo.

Muchas gracias Sebas, por tu comentario y por la devolución que me hiciste en clase. Sin tus correcciones no habría podido armar este texto. ¿Está focalizado ahora? Me habría gustado delirarme aun más, pero tuve miedo de que quedara muy bizarro.

Besos a los dos, y gracias de nuevo

Anónimo dijo...

Muy original, como siempre, y divertido, delirante, buenísimo, etc, etc.

Jan dijo...

siempre me olvido de firmar. Besos!

Anónimo dijo...

Hola Limilsin!!!! Cómo andás? Sé que me mandaste varios mjes por FB pero no soy muy adepta. De casualidad me metí en tu blog y no quería dejar de felicitarte por lo que estás escribiendo. Te sabía inteligente y creativa pero mirá vos a esta chica!!!
Me mató la foto de la enfermera!!! es lo más. Y además el nombre del personaje !!! Estaba como loco Ernesto!!!
Bueno seguí escribiendo...

Cris